Es difícil abstraerse de cuanto aconteció en Cornellà. A los árbitros les han dejado sin el paraguas de su licencia para equivocarse, inherente a su condición de seres humanos, y como tales, sujetos a error. Ahora cuentan con la asistencia técnica y humana para minimizar los posibles fallos. Y el atropello sufrido por la Real tiene unas dimensiones considerables.

Desde hace algún tiempo la Real viene llamando a la puerta de la planta noble de la Liga, y en las últimas fechas con insistencia. Sus argumentos para pasar a pertenecer al club de los elegidos son cada vez más sólidos y sus cartas, poderosas, pero aún parecen no ser suficientes para ser aceptados en tan selecto club. Pertenecer al grupo de los escogidos lleva aparejados una serie de prebendas, que se hacen palpables en circunstancias como las que concurrieron en Cornellá. La Real no fue respetada como debiera, y con ello no estoy concluyendo que haya clubs que deban ser tratados de una forma y los demás de otra distinta, pero sí creo que en decisiones puntuales, muchas veces decisivas para la suerte de un choque, se tienen en cuenta este tipo de consideraciones.

La Real lleva un tiempo diseñando su propio futuro en base a unas propuestas globales que están alcanzando unos buenos resultados. Es decir, y esto es lo importante, la Real no está llamando a la puerta por accidente, fruto de una situación puntual y pasajera, sino que en su valija diplomática guarda documentos de muchísimo valor, que lo acreditan como candidato probado a la condición de club respetado. Y tan atropello es lo acaecido en el campo del Espanyol como que a la Real no se le respete como merece. ¿O tal vez es lo mismo? Parece que el derecho de admisión sigue vigente y a algunos pudiera molestar la presencia del recién llegado. Pues peor para ellos, porque es una cuestión de tiempo.

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